Por Varinka Farren, directora ejecutiva de Hub APTA
La minería, tanto en Chile como en el resto del mundo, atraviesa una profunda transformación. La industria ya no se define solo por la extracción de recursos naturales: hoy está llamada a generar valor a través de procesos más sustentables, operaciones más seguras para las y los trabajadores, y soluciones innovadoras capaces de resolver desafíos en múltiples frentes, desde la eficiencia hídrica y energética hasta la trazabilidad y la descarbonización.
A esta creciente complejidad se suma un desafío clave para la competitividad del sector: cómo instalamos las capacidades necesarias para conectar la actividad productiva con la ciencia, el emprendimiento y la inversión. Cerrando esta brecha podremos avanzar hacia una minería más productiva, más sostenible y más segura. Hoy sabemos que la respuesta pasa por la innovación, y que la innovación no ocurre de manera aislada. Ya no depende únicamente de la escala de las operaciones ni de la capacidad de una sola compañía, sino de la colaboración y del intercambio de conocimiento entre actores diversos.
En efecto, el desarrollo de nuevas tecnologías requiere la interacción de las mineras con proveedores, startups, universidades, centros tecnológicos, inversionistas y el Estado. En la unión de esas capacidades complementarias radica el éxito para que una idea se convierta efectivamente en una solución para la industria. Sin esa colaboración virtuosa, innovar es casi imposible.
La verdadera pregunta, entonces, es si contamos con un ecosistema de innovación capaz de acelerar el desarrollo y la adopción de estas tecnologías; un ecosistema que permita transformar los desafíos actuales en las innovaciones que liderarán la industria en los próximos años.
La respuesta es que aún persisten brechas importantes para que la transferencia tecnológica alcance todo su potencial. Entre ellas, la necesidad de fortalecer la conexión entre ciencia e industria; las dificultades para pilotear nuevas tecnologías en entornos operativos reales; los prolongados tiempos de adopción y la urgencia de atraer capital especializado que acompañe estos procesos en sus etapas más riesgosas.
A ello se suma un factor transversal: la formación de capital humano capaz de dialogar con el mundo científico y con el productivo, un perfil que requiere mayor reconocimiento por su rol clave en un aspecto no menor del proceso: la gestión y la articulación. Son quienes traducen el lenguaje de la investigación al de la operación, coordinan intereses y tiempos muy distintos, y sostienen procesos largos e inciertos. Ese trabajo, muchas veces invisible, es el que evita que una tecnología prometedora se quede a medio camino entre el laboratorio y la faena. En muchos países, quienes lo ejercen cuentan con la certificación RTTP (Registered Technology Transfer Professional), un estándar internacional que acredita la experiencia y las competencias de los profesionales de la transferencia tecnológica.
De hecho, en estos desafíos también hay una oportunidad importante. Ante este escenario, la principal ventaja competitiva de Chile está en su capacidad de articular el ecosistema, es decir, en poner a trabajar de manera coordinada a quienes generan conocimiento, a quienes lo aplican y a quienes lo financian.
Y en esa articulación algo hemos aprendido. En Hub APTA, tras ocho años tendiendo puentes entre el conocimiento que se genera en las universidades y las necesidades de la industria, hemos comprobado que el acompañamiento sostenido es tan importante como la tecnología misma: una buena solución puede quedarse en el laboratorio si no encuentra el canal adecuado para escalar. Y que la confianza entre los actores, tantas veces subestimada, es el verdadero motor de cualquier colaboración de largo plazo.
Chile tiene una oportunidad única de posicionarse como líder mundial en innovación para la minería. Contamos con una sólida tradición minera, talento científico y una red de instituciones dispuesta a colaborar. Nuestro desafío es fortalecer las conexiones entre los actores del ecosistema para que el conocimiento científico se traduzca en soluciones con impacto económico, social y ambiental para el país.
La minería del futuro no se construirá únicamente en los yacimientos, sino también en los espacios donde la ciencia, la empresa y las inversiones se encuentran. Ese es el ecosistema que necesitamos y, hoy más que nunca, tenemos todo para construirlo.



