Ante la crisis climática, la desalinización permite a la minería y a ciudades del norte reducir la presión sobre los ríos y acuíferos, proyectando una inversión de USD 24.000 millones en infraestructura hídrica.
En el desierto más árido del mundo, abrir una llave de agua es un acto que hoy esconde un complejo proceso tecnológico. En ciudades como Antofagasta y en diversas operaciones mineras, el suministro ya no depende exclusivamente de las lluvias o la cordillera, sino directamente del Océano Pacífico. Este cambio ha sido posible gracias a la ósmosis inversa, una tecnología que permite convertir el agua de mar en un recurso utilizable mediante la aplicación de presión sobre membranas que actúan como filtros microscópicos, reteniendo las sales y dejando pasar solo el agua pura.
Esta técnica se ha vuelto fundamental para enfrentar la escasez hídrica y proteger las fuentes continentales, como ríos y acuíferos, que abastecen a las comunidades locales. Según datos de la Dirección General de Aguas, aunque la minería representa solo el 4% del consumo de aguas continentales en el país, el sector ha tomado el liderazgo en la transición hacia el mar para reducir aún más su impacto ambiental. De hecho, Chile enfrenta el desafío de aumentar su capacidad de desalinización de 9.000 a 14.000 litros por segundo en el corto plazo para cubrir la demanda proyectada.
El panorama de inversión es robusto, con un portafolio de más de 60 proyectos que suman cerca de USD 24.000 millones, según cifras entregadas en el Congreso ACADES 2026. Dentro de este escenario, la minería encabeza la carrera con 20 iniciativas clave. Ejemplo de ello es Codelco, que durante este año pondrá en marcha su Planta Desalinizadora Distrito Norte en Tocopilla, con la meta ambiciosa de que para el año 2035 menos del 10% de su recurso provenga de fuentes terrestres.
Otras compañías ya han consolidado este modelo con éxito. En la Región de Atacama, Lundin Mining Candelaria opera desde 2013 con agua desalada, logrando abastecer el 100% de sus procesos productivos sin intervenir el acuífero del río Copiapó. Por su parte, Collahuasi en la Región de Tarapacá desarrolla un sistema de bombeo de gran escala que transportará el recurso desde la costa hasta faenas situadas a casi 5.000 metros de altura. Estas iniciativas demuestran que la desalinización no es solo una medida de emergencia, sino una política de gestión responsable que permite la coexistencia de la industria y la conservación de los ecosistemas locales.



