Por Pía Suárez, presidenta de la Asociación de Mujeres en Energía de Chile (AME).
A dos años de la fundación de la Asociación de Mujeres en Energía de Chile (AME), podemos afirmar con certeza que hemos construido algo más que una red. Hemos consolidado una comunidad gremial que se articula, se forma, se apoya y transforma. Lo que comenzó en mayo de 2023 con apenas 32 mujeres, hoy reúne a más de 700 socias de todo el país, presentes en todos los eslabones del ecosistema energético nacional. El crecimiento ha sido exponencial, pero lo más relevante es cómo cada nueva socia comprueba in situ los beneficios de avanzar juntas: acceso a herramientas, oportunidades de formación, espacios de visibilización y redes de colaboración. Por eso, nuestras propias socias son nuestras mejores voceras. Multiplican con convicción el mensaje de que el cambio es posible cuando se construye en colectivo.
Chile está viviendo una transformación energética profunda, urgente y compleja. En este proceso, se habla de electrificación, de infraestructura, de inversiones, de regulación. Pero aún cuesta hablar de personas. ¿Quiénes están ejecutando esta transición? ¿Quiénes toman las decisiones estratégicas que definirán el futuro energético del país? La respuesta, aún hoy, revela una dura realidad: el sector energético sigue estando masculinizado, vertical y poco permeable a la diversidad.
La participación de mujeres en energía en Chile alcanza apenas el 21,3%. En áreas como operación o mantenimiento, el porcentaje es aún menor. No se trata de una estadística técnica: es una señal de alerta sobre el desaprovechamiento de capacidades y talentos. Porque lo que está en juego no es solo la equidad, sino también la innovación, la eficiencia y la sostenibilidad del sector.
La evidencia internacional es contundente. Las empresas con mayor diversidad de género en sus liderazgos tienen un 25% más de probabilidad de superar la rentabilidad promedio de su sector, según McKinsey. La Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA), por su parte, ha subrayado que la inclusión femenina en energías limpias —aunque aún insuficiente— duplica la observada en los combustibles fósiles. Y el Banco Mundial estima que cerrar la brecha de género en sectores clave podría incrementar en un 5% el PIB regional.
Desde AME Chile trabajamos para que estas cifras dejen de ser proyecciones y se conviertan en realidades. Hemos estructurado nuestra acción a partir de un plan estratégico 2025 que se basa en cuatro ejes: eliminar brechas de género, entregar herramientas habilitantes, fortalecer redes entre socias y visibilizar el talento femenino en todos los espacios del quehacer energético. Cada uno de estos objetivos está acompañado de comités activos, líneas de acción específicas y una ejecución descentralizada que permite conectar con distintas realidades del país.
En inclusión, promovemos diagnósticos con perspectiva de género, talleres de sensibilización y alianzas estratégicas con instituciones públicas, privadas y multilaterales. En habilitación, desarrollamos programas de formación técnica, liderazgo y mentoría, con foco en cerrar las brechas de acceso al conocimiento y abrir puertas a trayectorias profesionales sostenibles. En redes, impulsamos desayunos temáticos, encuentros macrozonales y jornadas “Soy socia AME”, donde mujeres de todo Chile comparten experiencias, desafíos y propuestas. Y en visibilización, generamos campañas como “Conozca a nuestras socias” y los Reconocimientos 8M, que permiten destacar y poner en valor la diversidad de talentos que componen este sector. Hemos logrado penetrar también en los principales eventos y medios del sector, donde nos consultan por voces expertas y vemos, como cada vez más, se esmeran junto a nosotras por visibilizar la voz de las mujeres de la industria.
Todo esto se enmarca en una convicción profunda: la transición energética no será justa si no es inclusiva. No basta con sumar a mujeres a la conversación; necesitamos que estén en la definición de políticas, en la ejecución de proyectos, en las decisiones regulatorias, en las negociaciones internacionales y en los espacios de gobernanza de la industria. Por eso también hemos priorizado el relacionamiento institucional como una línea clave de trabajo, con la mirada puesta en la articulación regional. Ya estamos avanzando en la creación de una Red Latinoamericana de Mujeres en Energía, porque entendemos que muchos de los desafíos que enfrentamos son compartidos y requieren soluciones colaborativas a escala continental.
El propósito que nos guía este año es claro: “Avanzando juntas, transformamos la energía: cree, construye, impacta”. Esa no es una frase de campaña; es una hoja de ruta viva, compartida y movilizadora. Cada una de esas palabras resume nuestra visión del cambio: creer en nuestras capacidades y en el poder colectivo de las mujeres; construir redes, conocimientos y espacios donde antes no existían; e impactar en el corazón de una industria que necesita nuevas miradas para avanzar con legitimidad y sentido de futuro.
Ese propósito se concreta en acciones. Cada mujer que accede a una instancia de formación, que asume un liderazgo, que comparte su experiencia en un seminario, que colabora en un comité o que impulsa una alianza estratégica está abriendo un nuevo espacio para otras. Está sembrando confianza donde antes había aislamiento, y generando transformaciones que se multiplican en lo institucional, lo territorial y lo técnico. Las historias que vemos cada semana —mujeres que dan su primera charla, que lideran un nuevo proyecto, que inician una transición profesional— son la mejor evidencia del cambio en marcha. Y cuando ese cambio se multiplica, el impacto deja de ser simbólico: se convierte en estructura.
Además, estamos convencidas de que este proceso no es lineal ni exclusivo de quienes hoy ocupan posiciones de liderazgo. La transformación se construye también desde los espacios cotidianos: desde quienes participan en las primeras reuniones, desde quienes animan a otra colega a integrarse, desde quienes comparten su conocimiento con generosidad. En AME, todas las voces suman, porque todas las experiencias tienen algo que aportar. Creemos en un liderazgo distribuido, horizontal y sostenible. Uno que se nutre de la diversidad de trayectorias, regiones, disciplinas y generaciones.
En esa línea, creemos que la equidad es también una oportunidad para redefinir el propio sentido de la transición energética: ya no como un cambio técnico aislado, sino como un proceso colectivo que incorpore las dimensiones sociales, culturales y humanas del desarrollo. La innovación real no ocurre en laboratorios cerrados, sino cuando se abre la conversación a nuevas miradas, cuando se habilitan caminos para quienes han estado históricamente al margen. Y eso es justamente lo que impulsa AME.
Porque creemos firmemente que la equidad no es un objetivo abstracto ni un gesto simbólico. Es una herramienta de cambio concreto, una decisión estratégica con impacto sistémico, y —más que nunca— el motor de una transición energética que no puede seguir avanzando sin incorporar a todas las personas y talentos que la sociedad tiene para ofrecer. La urgencia del presente no puede seguir dejando fuera a la mitad del talento. Y el futuro que imaginamos no se construirá con los mismos paradigmas del pasado.
Transformar el sector energético no es solo una tarea técnica. Es también una tarea cultural, política y social. Y desde AME, seguiremos impulsándola con fuerza, con convicción y con la certeza de que avanzar juntas no solo nos fortalece: nos proyecta. Porque cuando las mujeres lideran, la energía se transforma. Y cuando lo hacen en comunidad, esa transformación se vuelve irreversible.



