De la Superstición al Liderazgo: La revolución de la Mujer en la Minería
Por Ximena Abogabir, cofundadora y Vicepresidenta de Travesia100.
El año pasado fue invitada a participar en el Día de la Mujer invitada por la Asociación de Industriales de Antofagasta y, para mi sorpresa, me encontré frente a un salón imponente. Estaba repleto de personas, en su gran mayoría mujeres que hoy lideran y toman decisiones estratégicas en cargos de alta dirección dentro del sector de los recursos naturales. La escena me conmovió profundamente. No pude evitar recordar mis inicios, aquellos tiempos en que se afirmaba, sin titubeos, que la presencia femenina en los yacimientos “traía mala suerte”. No era solo un mito cultural; era una exclusión legalizada. Tuvieron que pasar décadas para que, recién en la década de los noventa, se derogara del Código del Trabajo la prohibición absoluta que nos impedía ingresar a las minas subterráneas.
Aquel cambio legal desencadenó una transformación que en su momento parecía inimaginable. En “mis tiempos”, las escasas mujeres que lograban entrar a la industria quedaban relegadas a roles de soporte secundario, desempeñándose como aseadoras, secretarias ejecutivas o encargadas de las relaciones públicas que se parecía mucho al de “dueña de casa”. El ecosistema de la energía y la minería era un territorio exclusivamente masculino.
Sin embargo, actualmente el panorama es radicalmente distinto. Hoy vemos a figuras como Claudia Cabrera liderando la División Gabriela Mistral de Codelco, a Olga Alfaro a la cabeza de las plantas concentradoras en Escondida BHP, y a Gina Ocquetau presidiendo el directorio de SQM. Estos liderazgos en puestos de alta gerencia y directorios demuestran que las capacidades técnicas no tienen género.
Esta evolución cualitativa está respaldada por cifras contundentes. La gran minería chilena ha consolidado un hito sin precedentes históricos al alcanzar un 24% de participación femenina total en sus dotaciones corporativas. Con este porcentaje, Chile superó de forma anticipada las proyecciones estatales y se posicionó firmemente por sobre potencias mineras tradicionales como Australia, Canadá y Sudáfrica. Además, el recambio del talento avanza con fuerza: prácticamente cuatro de cada diez nuevas contrataciones en el sector corresponden a mujeres. La satisfacción laboral declarada por las trabajadoras supera el 65%, impulsada por cambios que van desde la habilitación de infraestructura básica —como campamentos con instalaciones adecuadas— hasta programas corporativos de mentoría con un 30% de éxito en promociones internas a puestos directivos.
Sin embargo, el orgullo por lo avanzado no debe transformarse en complacencia. El debate actual ya no se limita a cuántas mujeres ingresan, sino a cómo derribamos los sesgos inconscientes que frenan su ascenso. Las barreras invisibles persisten: el 72% de las trabajadoras percibe una brecha salarial respecto a sus pares masculinos, y la matrícula femenina en carreras STEM apenas bordea el 19%.
Para consolidar esta revolución, es urgente pasar de la concienciación a la acción vinculante. No basta con abrir la puerta; las empresas del sector deben auditar activamente sus brechas salariales, flexibilizar las jornadas laborales para garantizar una corresponsabilidad real y acelerar los incentivos para que más jóvenes elijan carreras técnicas duras. El Estado, por su parte, debe fiscalizar que las políticas de equidad penetren con la misma fuerza en las empresas contratistas y en la mediana minería.
El camino recorrido desde la superstición de la “mala suerte” hasta el liderazgo de vanguardia mundial es un triunfo colectivo. Sintamos un profundo orgullo por lo construido, pero asumamos con urgencia el mandato de erradicar los sesgos pendientes. El futuro de la minería chilena será sostenible solo si es plenamente equitativo.
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